Cuarenta y cuatro días
Cada día, de manera habitual, abro el teléfono, observo las velas subir y bajar, como el contorno de una cadena montañosa a lo lejos. El café emite un hilo de vapor caliente, miro el cielo afuera, sin nubes, acompañado del canto de los pájaros—resulta que en este mundo, además de las velas rojas y verdes, hay otros sonidos.
En este momento pienso:
Si cierro los ojos, sentado sobre un pájaro, volando por las calles y callejones, a veces sacudido, a veces sin peso, a veces sin poder ver lo que hay adelante. Pero cuando el pájaro extiende sus alas y vuela libre hacia
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