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Las empresas del Reino Unido son las más afectadas desde la pandemia: la confianza empresarial cae en picado a medida que desaparece el optimismo post-electoral
Cuando el gobierno laborista asumió el poder a principios de julio, muchos líderes empresariales británicos albergaban esperanzas de un impulso económico renovado. Esa optimismo duró apenas unas semanas. La realidad económica actual presenta un panorama radicalmente diferente, donde el sentimiento empresarial se ha deteriorado a niveles sin precedentes, incluso por debajo de los mínimos alcanzados durante los confinamientos por COVID-19.
Las cifras cuentan una historia sobria
La última encuesta del Institute of Directors revela la gravedad de la crisis. Los indicadores de confianza empresarial colapsaron a -72 en julio, lo que representa una caída catastrófica de 19 puntos respecto a -53 de junio. Lo que hace esto particularmente alarmante: la cifra ahora es peor que en abril de 2020, cuando los confinamientos por pandemia estaban en su punto máximo. En ese entonces, el índice de confianza registró -69, lo que sugiere que el impacto del COVID-19 en las empresas en todo el Reino Unido, aunque devastador, ha sido superado por las ansiedades económicas actuales.
Entre los 900 líderes empresariales encuestados, casi el 85% expresó ninguna fe en la capacidad del gobierno para estimular la recuperación económica. Más de dos tercios calificaron las políticas económicas de la administración como “muy poco exitosas”. Esto va mucho más allá de los nervios post-electorales habituales. Los altos ejecutivos señalan debilidades estructurales en la economía que amenazan la viabilidad a largo plazo.
Las políticas afectan más de lo esperado
La iniciativa emblemática de la nueva administración—elevar las tasas de impuestos corporativos para financiar programas sociales e infraestructura—ha sido un fracaso espectacular. En lugar de señalar una inversión en crecimiento, los líderes empresariales reportan una creciente presión operativa. Anna Leach, del Institute of Directors, destacó la frustración principal: las empresas están asumiendo cargas fiscales mayores mientras presencian mejoras mínimas en el entorno empresarial.
El momento agrava el daño. Los aumentos de impuestos llegaron rápidamente, pero las reformas prometidas en comercio, planificación y regulación siguen siendo conspicuamente ausentes. Las empresas perciben que están financiando las ambiciones del gobierno sin recibir beneficios tangibles a cambio, una percepción que ha envenenado el sentimiento corporativo más profundamente que el impacto del COVID-19 en las operaciones empresariales durante la pandemia.
Congelamientos en inversión y detenciones en contratación
Esta crisis de confianza ya no es abstracta. La percepción del rendimiento a nivel empresarial cayó de un positivo 3 en junio a un negativo 9 en julio, marcando la segunda lectura más débil en una década de medición. Las consecuencias se reflejan en la planificación corporativa.
Las empresas están retirando sistemáticamente sus iniciativas de expansión. Los presupuestos de gasto de capital se están recortando. Los procesos de contratación se han secado. Las expectativas de crecimiento de ingresos se han contraído drásticamente, ya que las empresas se preparan para afrontar presiones salariales y costos operativos elevados en los próximos meses. El índice de gestores de compras de S&P Global corrobora este deterioro: la expansión del sector privado se desaceleró notablemente en julio tras un rendimiento sólido en la primera mitad del año.
La creación de empleo se ha estancado. Las empresas están reduciendo plantilla o congelando completamente nuevas contrataciones. Los sectores orientados a la exportación enfrentan una ansiedad particular, dada la creciente carga salarial y la incertidumbre comercial.
El sector exportador señala un pesimismo creciente
Quizás lo más preocupante: el índice de intenciones de exportación del IoD ha cambiado a negativo, la primera reversión desde 2023. Este desarrollo socava la agenda comercial más amplia del Labour, que incluye la búsqueda de nuevos acuerdos comerciales con Estados Unidos. Los exportadores citan vientos en contra acumulados: tensiones geopolíticas, complejidades no resueltas en la cadena de suministro y una intensificación de las fricciones comerciales a nivel global.
Estas presiones externas, combinadas con los aumentos fiscales internos, han disuadido incluso a las empresas comerciales que históricamente aceptaban riesgos de comprometerse con la expansión en el extranjero. La combinación resulta más tóxica de lo que los líderes del sector anticipaban.
Una crisis de confianza sin paralelo reciente
La profundidad de esta recesión invita a comparaciones incómodas. Mientras que el impacto del COVID-19 en las empresas del Reino Unido fue severo e inmediato, esa crisis implicaba una suposición implícita de interrupciones temporales. El entorno actual sugiere un deterioro económico más permanente, impulsado por decisiones políticas en lugar de shocks externos.
Los líderes empresariales esperan claridad sobre si el gobierno tiene la intención de corregir el rumbo. Sin un compromiso demostrable con la simplificación regulatoria, la facilitación del comercio y la competitividad fiscal, parece inevitable un mayor deterioro en las inversiones y planes de expansión empresarial. La ventana para restaurar la confianza empresarial se estrecha con cada mes que pasa de inercia política.